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martes, 31 de diciembre de 2013

Where did it all go wrong?



Ver versión original de "Where did it all go wrong?"
© Noel Gallagher.

jueves, 15 de noviembre de 2012

"Your of where you are?"

Not so long ago, I used to teach English at a private school somewhere in the Mar Menor area. Like every summer, tons of students failing English at secondary and high school enrolled for an intensive one-month or two-month English course with the hope of passing their exams in September. But the truth be told, most of these students were rather lazy and unmotivated.

When it comes to studying in the summer, it is insane to believe that a child can do any satisfactory progress at these schools. At the end of the day, it is their parents' naivety that takes these students there, isn't it?. Parents believe in miracles, and they trust and have faith in the teacher, whom they consider their children's saviour. Strange as it sounds, we all have felt like Gods sometime, haven't we?

Anyway, one summer I had quite a bunch of detestable pupils, one of them being probably the worst I've ever had. He actually looked like a member of the mob: he lacked motivation, he did drugs and he had spent the last few years in a boarding school for troublesome kids. His only interests were drugs, messing about... and sex.

One day, I discovered he had just started a relation with an English girl. For that reason, he had prepared some 'quick notes' all by himself, just in case he 'scored'. However, he admitted that they had turned out to be completely useless, as the girls he had been trying to flirt with could not understand a single word he said. I asked him for those notes, and kept them forever in my wooden box, as I found them absolutely hilarious.

What the poor thing had done was using a cheesy dictionary to look up the words in Spanish without caring about any alternative meanings, grammar, syntax, etc.

And this was the sad result...

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22-08-07

lunes, 23 de julio de 2012

The Fax Machine (III)

Un viernes por la tarde, de vuelta a casa, recibí una llamada telefónica. Era Julia, de Kelly Services: mi trabajo en Pentland Shipping había finalizado. Tenían otro 'assignment' para mí que podría interesarme. Aunque el nuevo encargo no sonaba muy emocionante, y pese a estar peor remunerado que el anterior, éste sólo duraría un par de semanas. Luego, según Julia, podría optar a otros trabajos más interesantes. Sin dudarlo, acepté inmediatamente.


82 King Street, Manchester, sede de Michael Page, Sales & Marketing
El caso es que, días antes, y aprovechando una visita rutinaria a Kelly Services, mantuve una breve conversación con Julia. En ella le mencioné, entre otras cosas, que la monotonía de aquel trabajo en Pentland Shipping me estaba volviendo loco. Julia pareció comprenderme en el acto: según me comentó, no era el primero que había empezando a ver (y sobre todo, a escuchar) cosas extrañas en aquella oficina. Es más, se sorprendió de que hubiera aguantado tanto -más de un mes- sin decir nada, cuando la mayoría de los que aceptaban aquel trabajo renunciaba, como mucho, a la semana siguiente.

Fue entonces cuando empecé a comprender muchas cosas: la indiferencia de la plantilla, su hipocresía, la frialdad en sus acciones hacia mí... Estaban tan acostumbrados a ver caras nuevas constantemente, desempeñando las mismas tareas que me habían sido asignadas, que la mía no dejaba de ser una más entre tantas otras. De algún modo, predecían que mis horas allí estaban contadas. 


Mi nuevo empleo empezaba el propio lunes, y pese a todo, creí conveniente ponerme en contacto con mis ya ex-compañeros para, al menos, despedirme de la manera más profesional y cordial posible. No obstante, estaba muy cansado, así que decidí acostarme pronto y dejar la llamada para el sábado.

Pero no me fue fácil conciliar el sueño. Pasé varias horas escogiendo minuciosamente mis palabras, ensayado y repitiendo mentalmente una y otra vez lo que iba a decir en aquella conversación telefónica. A las 5.30 de la madrugada, cuando creía haber acabado, miré el reloj por última vez, y finalmente, caí rendido, vencido por el sueño.

A la mañana siguiente me desperté pronto, a eso de las 10.00. Había dormido poco, pero me sentía bien, o al menos esa era la sensación que tenía. Aunque no le di mayor importancia, me di cuenta de que estaba desnudo. Posiblemente habría pasado calor, pese a la época del año en la que nos encontrábamos. Rápidamente, me vestí, desayuné, y me dispuse a realizar aquella llamada que tanto había preparado.

Mis primeros intentos resultaron fallidos: el teléfono comunicaba constantemente, y otras veces parecía no haber señal. Tras mucho insistir, por fin comencé a escuchar los tonos. Tras diez segundos, alguien descolgó el teléfono... alguien a quién no esperaba oír...

miércoles, 6 de junio de 2012

The Fax Machine (II)


Como cada día, a las 9.02 de la mañana, me encontraba sentado delante del ordenador, dispuesto a escanear facturas y pedidos durante horas y horas. Según me habían comentado en Kelly Services, este trabajo me llevaría una semana como máximo, pero poco a poco fui comprendiendo que aquellas montañas de papeles no iban a ser cosa de una semana, sino tal vez de meses...
 
Vista de The Lowry desde mi ventana en Pentland Shipping
A las 9.13, yo ya no era una persona, sino un robot. El proceso siempre era el mismo: quitar grapa, escanear, guardar documento en PC, poner grapa, archivar... y vuelta a empezar. Durante el resto de las siete horas que duraba mi jornada laboral, observaba cómo aquella bola de grapas se hacía cada vez más grande. De vez en cuando, miraba por la ventana de la oficina en busca de algún rincón de Salford Quays que me hubiera pasado desapercibido anteriormente y con el que entretenerme durante al menos unos instantes. Mientras tanto, tan sólo algunas facturas curiosas (como aquel gran pedido de extravagantes camisas a nombre de Liam Gallagher), me hacían volver al mundo real, aunque no tardaba mucho tiempo en regresar a mi limbo particular.

Pero aquel lunes 28 de Febrero ocurrió algo que cambiaría mi rutina diaria de manera radical: a las 9.18, una misteriosa voz, femenina, burlona, cantarina, difusa, parecía hablarme desde el interior de la "fax-machine". Lo más sorprendente era que nadie en la oficina, excepto yo, parecía prestarle la más mínima atención. Tampoco me extrañó mucho. Al fin y al cabo, a aquellos bastardos no les preocupaba otra cosa que sus propias vidas, y por mucho que intentara explicarlo, no harían nada por comprenderme. Para ellos, tan sólo era un español más, moreno y peludo, aprendiz de inglés, que estaba allí de paso, y con poco interesante que contar.  ¿Es que están todos sordos? ¡Por el amor de Dios, había una mujer atrapada en la "fax-machine"... ¿y a nadie le importa?, pensé.

Foto real de la gran bola de grapas usadas.
Pero, sinceramente, todo eso me daba igual. Lo que realmente me preocupaba era averiguar cómo diablos había ido a parar allí aquella mujer. Las horas pasaban: risas... silencio... canciones... silencio... más risas... más silencio... De repente, frases indescifrables... Por mucho que intentara comunicarme con ella, sabía que nunca lo lograría. Ni yo me atrevía a hacerlo, ni estaba seguro de que habláramos el mismo idioma. Me sentía frustrado por no comprenderla...

Pasaron dos semanas. Y ahí seguía ella, atrapada en la máquina del fax. Y yo, escaneando facturas y engordando la bola de grapas que acabaría trayendo conmigo de recuerdo a España casi un año después...

Y fue entonces cuando empecé a plantearme algo: tenía que averiguar, de una vez por todas, quien era aquella mujer, y qué quería de mí, y qué trataba de decirme...

Si no, acabaría por volverme loco...

sábado, 26 de mayo de 2012

The Fax Machine (I)

The Anchorage - Harbour City (Salford)

Lo cierto es que no me puedo quejar. Al fin y al cabo tengo un trabajo... ¿o no?

No me importa que siempre esté nublado en este país, ni que apenas haya visto la luz del sol en estos últimos cinco meses. Al fin y al cabo, la lluvia me gusta... o por lo menos, solía gustarme...

No me importa tener que levantarme cada día a las 6.40 de la mañana, cuando aún es de noche, ni el viaje en autobús de casi una hora desde Royton hasta Piccadilly Gardens, en el centro de Manchester. Ni tampoco el par de libras que pago por el tranvía que me deja en Salford Quays, en el que nadie jamás te revisa el ticket...

Tampoco me importa esperar diez minutos en la puerta de The Anchorage a que se hagan las 9.00, hora a la que entro a trabajar, mientras observo a algunos de mis compañeros de trabajo, de apenas 17 años, pasar frío en los soportales de la parte trasera del edificio, medio escondidos, dándole las últimas caladas a sus cigarrillos antes de subir a la oficina...

No me importa que dichos compañeros apenas me hablen. Ni que Chris Peers, el supervisor, londinense de nacimiento, sea el hazmerreir de la oficina, ni que Nick Draper acabe todas sus frases con esa estúpida entonación ascendente tan característica de esta región. Ni que el otro Chris, sea como fuere su apellido, me intente contar una y otra vez sus teorías sobre el origen del inglés... Seguramente tendría que regresar doce años después para llegar a entenderle medianamente bien...

No me importa que, al final del día, tenga que repetir el mismo viaje de vuelta a casa. Ni que me duela la espalda cada vez que me agacho a recoger el correo, ni que me maree cada vez que haga un movimiento brusco con la cabeza. No me importa soñar con escáneres, facturas y bolas de grapas del tamaño de una manzana.
 
Sinceramente, nada de todo ésto me importa. Lo que realmente me preocupa desde hace días es esa extraña mujer atrapada en la "fax-machine"...

domingo, 8 de abril de 2012

La inocentada (VII y último)

Billy entró en ‘su’ habitación y cerró con llave. El pomo original seguía allí, tirado en el suelo, en un rincón polvoriento. Tampoco se habían molestado en cambiarlo. En realidad, daba igual: nadie había ocupado esa habitación desde que se marchó, ni parecía haber intención alguna de alquilarla. En estos últimos años, los inquilinos la habían estado utilizando como almacén, y montañas de papeles y demás cosas inservibles se amontonaban en el suelo.

Tras suspirar profundamente, los recuerdos volvieron a la mente de Billy: no sólo había vivido momentos felices en aquel lugar. También pasó momentos amargos, tristes, momentos de melancolía, de soledad, de aburrimiento. Momentos de dolor.

Mientras, en la calle, el tiempo había empeorado. La fuerte lluvia se había convertido en tormenta, y el destello de los relámpagos y el estruendo de los truenos se colaban por las ranuras de aquella destartalada persiana. 

Perdido en sus pensamientos, Billy se tumbó en la cama durante unos minutos para intentar reposar el malestar que le había provocado la mezcla de alcohol y pastillas. Aquellos minutos parecieron horas. Incluso le dio tiempo a soñar con su infancia, con gente del pasado, con una extraña chica de pelo azul... Hasta soñó que se le caían los dientes de repente… Por último, soñó con una puerta enorme que se cerraba delante de él justo cuando se disponía a cruzarla.

Fue entonces cuando Billy se despertó. Incorporándose como pudo, cruzó el pasillo tambaleándose y se dirigió hacia la cocina, sin reparar en que la puerta del aseo grande estaba ahora cerrada.

La lluvia caía cada vez más intensamente. Mientras escarbaba en los armarios de la cocina en busca de algo para beber, observó que seguía tan sucia como siempre, o incluso más. En su día, él fue el único que se molestaba en mantener aquel lugar en condiciones mínimas de higiene. Finalmente, en el fondo de un armario, encontró una botella de ponche de cuestionable calidad, y tomó un par de tragos. Aunque sabía terrible, sació su sed.

A continuación, abandonó la cocina y se dirigió al aseo pequeño. Necesitaba orinar, pero sus deseos se vieron truncados al darse cuenta de que la tapadera, que aquel compañero gordinflón arrancó de cuajo en un ataque de ira, aún no había sido arreglada. El hedor que manaba de aquel cuchitril se hacía tan insoportable que, por muchas ganas que tuviera, se le hizo imposible. De repente, un maquiavélico pensamiento se apoderó de su mente. ‘Un momento. Tengo una idea mejor.’ La absurda risita que había ido acompañando a Billy durante toda la mañana se transformó de repente en una sonrisa de oreja a oreja. Como pudo, se arrastró por todo el pasillo hasta llegar a la habitación de la izquierda del final del pasillo, mientras creyó oir el sonido de la ducha, aunque no le dio importancia. ‘Vaya, vaya. Parece que hoy no va a parar de llover en todo el día. Al fin y al cabo, para eso estoy hoy  yo aquí.’

Y fue entonces cuando, por fin, llevó a cabo su macabro plan: una impresionante catarata de orina empezó a inundar  toda la habitación, bañando por completo el ordenador del gordinflón, su equipo de música, sus guitarras, el armario desmontable, los cajones, los libros, los apuntes...  No contento con ello, Billy se dirigió hacia la habitación de su otro compañero. Tal y como la recordaba, seguía hecha una auténtica pocilga. El hedor superaba incluso al del aseo pequeño. La cama seguía sin hacer, como siempre, y había ropa sucia en cada rincón de la habitación. ‘Tu te mereces un castigo ejemplar.’ Tras despojarse por completo de los pantalones y encaramarse en la cama con un gracioso saltito, se encorvó, dobló las rodillas y comenzó a hacer fuerza. Estaba fascinado. Por fin estaba llevando a cabo su venganza, y se sentía orgulloso de ello.

Tal era su entusiasmo que Billy apenas prestó atención al chirrido de una puerta que se abría en el cuarto de baño, ni al sonido de unos pasos que se aproximaban por el pasillo. Ni siquiera  notó la presencia de aquel enorme individuo en el marco de la puerta, observando perplejo semejante escena. Tan sólo notó un tremendo golpe que le hacía estrellarse violentamente contra el suelo. Sintió una tormenta de golpes le hacían zarandearse por el suelo. Sintió como la sangre le corría por la cara hasta nublarle la visión. Finalmente, notó un estremecedor crujido en la cabeza.

En tan sólo un segundo, Billy se dio cuenta de que había elegido un mal día para vengarse de sus antiguos compañeros de piso. Se dio cuenta de que había bebido demasiado, y de por mucho que quisiera creerlo, las cosas no le habían salido bien. Se dio cuenta de que, al fin, le había llegado la hora. Mientras divisaba la luz al final del túnel, un último pensamiento le ocupó la mente: nunca más tendría que pasarse una noche en vela tramando una inocentada.

Los destellos de los relámpagos iluminaban por momentos la extraña silueta tendida en el suelo, completamente encharcada en sangre. Sin duda alguna, aquello era el fin. Billy estaba muerto. Definitivamente muerto.

                                                                                                               
Un relato de Sergio V.
20-3-1999

domingo, 25 de marzo de 2012

La inocentada (VI)

Tras largas horas de caminata bajo la intensa lluvia, James llegó por fin al piso. Cruzó el pasillo y se dirigió a su habitación. Tras escarbar entre el montón de ropa que se apilaba en la mugrienta silla, encontró unos pantalones vaqueros limpios y un viejo jersey de lana. Acto seguido, se dirigió a la ducha.

Poco le importaban las huellas de barro que había dejado al entrar, ni la lluvia que entraba por la ventana del comedor, ni aquel olor nauseabundo que salía del cuarto de aseo paqueño.  

Estaba furioso. MUY FURIOSO.

sábado, 24 de marzo de 2012

La inocentada (V)

Billy tardó apenas ocho minutos en llegar a la puerta del edificio donde vivían sus ex-compañeros de piso. Tras detener el coche sobre la acera, paró el motor y esperó unos instantes a que acabara la canción que en ese momento estaba sonando en la radio. Acto seguido, salió del coche, sacó un manojo de llaves de su bolsillo, y abrió la puerta de la entrada.

Ya en el patio interior, Billy aprovechó para sacudirse el barro de las botas. Fue entonces cuando se fijó en las colillas, papeles y restos de basura que seguían colapsando aquel lugar. ¿Cómo pude aguantar un año entero aquí en estas condiciones?, pensó.

En el corto tramo que unía el patio con los acensores, Billy volvió a escuchar aquellos gritos, aquella televisión a todo volúmen y aquel ensordecedor ladrido de perro que siempre alertaba de la llegada de un extraño. Todo le parecía familiar...

Al llegar al rellano, Billy observó detenidamente ambos ascensores. En uno de ellos se podía leer, escrito con tiza: "No funciona". Entonces recordó aquella tarde de invierno en la que permaneció atrapado durante más de dos horas en ese mismo ascensor, sin que ningún vecino se molestara en ayudarle a salir. Curiosamente, tuvo que ser uno de sus ex-compañeros de piso quien, tras muchas súplicas, acabara llamando al técnico, algo que, aunque le costara admitirlo, agradeció de corazón en su momento .

Tras mucho dudar, Billy se subió en el otro ascensor, que aparentemente estaba operativo. De repente, una risa tonta empezó a dibujársele en la cara: la inocentada que tanto tiempo había estado preparando le parecía de lo más simple y absurda, pero era por eso precisamente por lo que tanto le gustaba. ‘Quien les iba a decir a estos bastardos que, en un día como hoy, semejante capullo les iba a acabar aguando la fiesta...’, pensó.

Mientras llegaba al quinto piso, imaginó lo a gusto que estarían en esos momentos sus ex-compañeros de piso, gastando bromas en sus respectivos pueblos, y sin más preocupación que la de encontrar a alguien más a quien fastidiar. También visualizó sus caras de asombro, maldiciendo una y mil veces al encontrarse la faena que algún desgraciado les había hecho en su piso.

Billy salió del ascensor, y observó que todo seguía igual que siempre: la misma puerta destartalada, el mismo cerrojo oxidado, el mismo agujero en la pared, las mismas pintadas... Antes de abandonar aquel piso definitivamente y devolver las llaves al casero, Billy se había tomado la molestia de hacer una copia de seguridad, en caso de que algún día tuviera que venir de visita. Y ese día había llegado...

Antes de abrir la cerradura, Billy llamó al timbre de la manera que siempre solía hacer. ‘¡Soy yo, no me hagáis nada!’, murmuró. Tal y como había imaginado, nadie abrió. Entonces introdujo la llave en la cerradura, la giró despacio, y con un suave tirón hacia atrás, la puerta se abrió sin mayor dificultad.

Una vez dentro del piso, Billy reconoció aquel olor a humedad que salía del aseo pequeño y que se esparcía por toda la casa. Según fue cruzando el pasillo, entró en el comedor, y se dio cuenta de que todo estaba tal cual lo había dejado, excepto algún pequeño detalle. '¡Deberíais haber cerrado las ventanas antes de iros! En días de lluvia, el agua puede entrar y, ¿no querréis que se os moje la casa, verdad?'.  A continuación, volvió al pasillo y anduvo hasta toparse con la que durante todo un año había sido su habitación. Allí seguían la cama, las dos estanterías, el sillón de lectura en el que tantos libros había leído. Ahora, además, alguien había añadido un antiguo armario de madera y una mesa de camilla llena de ropa sucia.

Entonces un recuerdo casi mágico le cruzó entonces la mente... Y es que, pese a todo, ¡qué buenos ratos había pasado en aquella habitación!

(continuará)

domingo, 18 de marzo de 2012

La inocentada (IV)

Era de esperar: el teléfono de socorro más cercano estaba averiado. El siguiente, tres kilómetros más atrás, parecía funcionar correctamente, pero nadie se dignó a responder. Fue entonces cuando James se acordó de Murphy, y juró tener una seria conversación con él cuando volvieran a verse las caras.


Lo último que le faltaba por aguantar a James, aparte del tremendo chaparrón que llevaba cayendo en casi todo el país durante los pasados dos días, eran las bromas del resto de conductores que circulaban por la aquella carretera. 

"¡Inocente! ¡Inocente!", le gritó uno. 

James mantuvo la calma.

"Te llevaría, pero es que me vas a poner el coche perdido", le dijo otro, disimulando una estúpida sonrisa que no venía al caso. James siguió avanzando, rumbo a casa.


"¿Dónde vas, chaval? ¿Te has escapado del zoo?", le espetó otro. 

La mano de James adoptó entonces otra posición. No sería ahora el dedo pulgar el que apuntara hacia el cielo, sino el dedo corazón.

A medida que recorría los 13 kilómetros que le separaban de su casa, la ira se fue apoderando de James cada vez más. ¡Que rabia le daba todo lo que había pasado! 

Para colmo, había dejado el piso pulcro antes de irse, ¡y lo último que le apetecía era tener que ensuciarlo todo de barro y agua! 

No obstante, haría todo lo estuviera a su alcance por manchar lo menos posible...


(continuará)

sábado, 17 de marzo de 2012

La inocentada (III)


Las horas se hacían eternas. Fuera, en la calle, voces de desconocidos que regresaban de una feria cercana, el estruendo de los autobuses al pasar por delante de la casa, y las riñas de dos gatos disputandose el espacio en lo alto de un tejado tampoco invitaban a conciliar el sueño. 

De repente, empezó a llover. Fue entonces cuando Billy creyó haber dado con la clave: el repicar de las gotas de lluvia sobre el vidrio de la ventana le habían abierto los ojos. Excitado por la idea, Billy se levantó a orinar por enésima vez, volvió a su cama, y tras taparse con el doble edredón, se encogió en posición fetal y se durmió escuchando el dulce murmullo de la lluvia.

A la mañana siguiente, y casi mecánicamente, Billy se despertó bien temprano. Hacía meses que no necesitaba despertador, ya que siempre se despertaba a la misma hora, cegado por la luz del nuevo día que cada mañana penetraba por la entreabierta puerta de su dormitorio. Aquel día, sin embargo, los rayos del sol no tardarían mucho en desaparecer. El pronóstico del tiempo no era muy optimista, y las nubes pronto volverían a cubrir el cielo por completo.

Aún aturdido por la falta de sueño, Billy se  puso en pie, se quitó la camiseta interior con la que siempre dormía, se puso sus vaqueros favoritos, su camiseta negra de la calavera, y finalmente, su roida cazadora imitación de cuero. Medio tambaleándose, se encendió un cigarrillo, agarró la media botella de cerveza que le había sobrado de la noche anterior, y tras tomarse su pastilla, se enfundó sus botas negras y se marchó.


(continuará)

miércoles, 14 de marzo de 2012

La inocentada (II)

'Should I drink another drink, say another lie...'

Así empezaba aquella canción que tanto gustaba a James. El ritual siempre era el mismo: cada vez que iniciaba un largo viaje, lo primero que hacía era abrir la guantera, escarbar entre el montón de cassettes que había ido recopilando durante los últimos años, hasta finalmente dar con aquella mítica cinta que tan buenos recuerdos le traía. Finalmente, se abrochaba el cinturón, se ponía sus gafas de sol y, con un fuerte acelerón, arrancaba el coche rumbo al infinito.

James había estado planeando aquel viaje durante todo el mes de Diciembre. 'Cause I'm falling on the floor, I'm climbing up the walls, and everytime I get a grip I seem to lose myself just a little more'

James empezaba a animarse. Poco a poco iba aumentando el volumen del sistema de audio, lo mejor, sin duda, de su viejo Seat 127 del 83, hasta acabar encontrando el nivel perfecto.

El coche nunca le había dado problema alguno... hasta aquel día. Un extraño ruido parecía resonar en el interior del motor, pero James, completamente ido por la intensidad de la música, no pareció reparar en él.

Y entonces llegó el éxtasis: 'It's like an addiction!!!' 'It's like an addiction!!!'. James enloquecía cada vez que llegaba el estribillo, pues le hacía tocar el cielo. 'It's like an addiction,  and I just can't break free of the madness. It's like an addiction, am I the only one with the sadness.'

De repente, un humo negruzco comenzó a salir del radiador.

'¡Maldita sea!', gritó James mientras detenía bruscamente el coche en el arcén. '¡No me lo puedo creer!'.

Rápidamente, se bajó del coche y abrió el capó. Lo que encontró no parecía demasiado esperanzador... No podía creer lo que le estaba pasando. Y fue entonces cuando empezó a temerse lo peor. James volvió al interior del coche, y mientras el humo seguía brotando sin parar, permaneció unos minutos pensativo, y de repente hundió la cabeza en el volante.

La situación era esperpéntica: un Seat 127, detenido en medio de una carretera comarcal que muy pocos conocían, con el motor ardiendo, y un enorme tarugo barbudo de mas de 1,90m de estatura llorando a moco tendido en su interior.

¡No puede ser, no puede ser!, se repetía una y otra vez.

Y de hecho, era imposible. El día anterior lo había dedicado casi por completo a poner a punto el vehículo. No acertaba a entender cómo, apenas 13 kilómetros después de haber iniciado el viaje, el motor de aquel coche que a tantos sitios le había llevado y traido acabara fundiendose y ardiendo de semejante manera.

A los pocos minutos, James se dio cuenta de que de nada le iba a servir llorar como una niña. Al ver que ningún conductor (de los pocos que pasaron por el lugar) se decidía a parar y socorrerle, salió como pudo del coche y se dirigió con desgana en busca del puesto de socorro más cercano.

(continuará)

viernes, 9 de marzo de 2012

El último viaje


Ese lunes, Frank salió de su casa a las 10.05. Con el paso del tiempo, y casi sin darse cuenta, había olvidado que su trabajo en el despacho comenzaba a las 10.00. Sin embargo, el mero hecho de llegar tarde era algo que no le importaba demasiado: ya estaba acostumbrado, y se había convertido en una constante más en su rutina diaria.

Antes de irse, le hubiera gustado darle un beso de despedida a Elsa, su mujer, pero no fue posible: el trabajo en el hospital requería una mayor puntualidad y seriedad, y rara era la vez en la que su esposa se marchaba después de las 7.30. Había noches en las que ni siquiera podía venir a dormir, ya que a menudo surgían ‘imprevistos’ y tenía que quedarse de guardia en el hospital. Entonces Frank la esperaba despierto hasta altas horas de la noche, pero al final caía rendido sobre la cama esperando encontrarla al despertar. Pensando en ello, se preguntó si esa no habría sido una de esas noches...

Con un portazo, salió de su casa, se montó en el Mercedes y se dirigió a la oficina. Esta vez optó por una ruta diferente a la habitual, en vez de llegar directamente por la autovía, como solía hacer. Pese a la potencia del Mercedes, Frank condujo tranquilamente por la carretera. Al pasar por el puerto, bajó la ventanilla y observó la calma que reinaba en el exterior. Hacía tiempo que no veía el mar, y decidió detener el coche durante unos minutos para contemplarlo detenidamente. Tan sólo unas suaves ondas que se aproximaban desde la profundidad daban cierta vida al estatismo del mar.

Todo parecía tranquilo. La última vez que vio el mar fue unos cuantos años atrás, en Hawaii: fue uno de esos ‘viajes de placer’ que tanto le apasionaban, aunque a causa de un repentino golpe de mar el viaje casi acaba en tragedia. Aquella ambigüedad del mar le resultó un tanto curiosa.

A Frank siempre le había gustado viajar, y de hecho había visitado medio mundo –bien con sus “amigos”, bien con su mujer, o incluso sólo. Oteando en el horizonte, consiguió distinguir la estela de un barco pesquero perdiéndose en la lejanía. Aunque actualmente había dejado a un lado su pasión por viajar, la casi imperceptible visión del barco en el horizonte, huyendo del mundo ‘civilizado’, adentrándose en la imprevisible profundidad del océano, le hizo estremecerse. Para Frank, la vida había dejado de tener sentido desde hacía muchos años. Todo le había venido demasiado rápido, todo demasiado fácil: se lo habían dado todo hecho. Desde que su padre lo colocara en un importante puesto de su empresa –en detrimento de uno de sus mejores "amigos", la vida le había ido de color de rosa, o al menos eso es lo que Frank creía. De pequeño se educó en uno de los mejores colegios privados del país, y pese a su negligencia, consiguió acceder en la Universidad, pues su sueño era "irse a Estados Unidos para trabajar en el Silicon Valley" una vez obtenido el título de Ingeniero en Telecomunicaciones. Al segundo año lo dejó, ya que su padre le había organizado el futuro. Le había ahorrado todo el esfuerzo. Con ello, su vida se redujo a aburridas reuniones de negocios, suculentas comilonas con ejecutivos, viajes por todo el mundo, ... Al poco tiempo empezó a perder el interés por la vida, y aunque parecía tenerlo todo, se dio cuenta, de que al fin y al cabo, no tenía nada. Su única misión en el mundo era sentarse en su despacho, comer, intentar agradar a todo el mundo, y por las noches, lejos del calor de su querida esposa, soñar con un mundo en el que todo fuera perfecto. ‘¡Menuda paradoja!’, solía pensar en sus infinitos momentos de reflexión. Sabía que la vida no le iba a “sonreír”.

Perdido en sus pensamientos, volvió a mirar el horizonte, pero el barco había desaparecido. De repente, una rápida visión de la muerte le sobrecogió el alma. A la cabeza le vino la idea un viaje diferente, definitivo, un viaje en el que pudiera dejar atrás ese mundo hipócrita e injusto que tanto le atormentaba, un viaje sin billete de vuelta. Obsesionado con la idea, Frank se subió al coche y puso rumbo a su despacho. Eran las 10.30.

Al llegar al bloque de oficinas, aparcó el coche en el primer lugar que vio, y, sin preocuparse en cerrar la puerta con llave, se apresuró a entrar en el edificio. De repente, sintió un fuerte golpe en la cara y cayó en redondo al suelo. Desde el suelo observó como un hombre a medio vestir se perdía entre la impasible muchedumbre. ‘¿Será cab...?’, musitó.

Recuperándose del golpe, y aún perplejo por la idea del “viaje”, al fin llegó a su oficina, una hora más tarde de lo habitual. No había nadie, excepto Clara, su secretaria.

‘¿Alguna llamada? ¿Alguna carta? ¿Algo en particular?’, preguntó nada más entrar, cerrando la puerta.

‘Buenos días, Sr. Corgan.’, dijo la secretaria, con voz temblorosa. ‘No, ninguna llamada. Tan sólo estas cartas. Lo de siempre.’

Con cierta indiferencia, Frank cogió los arrugados sobres y se metió en su despacho. Apenas reparó en el sonrojo y bochorno que ese día mostraba su secretaria.

En fin, allí estaba, otro día más. Con un torpe ademán abrió un cajón en busca de algo de comida, y tras mucho escarbar descubrió un mohoso donut de debajo de un montón de papeles, y empezó a saborearlo, mientras acomodaba sus más de ciento veinte kilos en aquella estrecha butaca. El salvapantallas del ordenador llamó su atención por un momento, aunque al poco se hartó de él. Nunca había aprendido a utilizar esa extraña máquina, pese a sus “estudios” de Informática. Examinando la mesa, reparó en dos fotografías de lo que algún día debió haber sido una familia. El corazón se le estremeció, y los ojos empezaron a humedecérsele. En una de ellas, Frank y su esposa sonreían abrazados. En otra, Elsa, sujetando a su recién nacido Billy, y Frank con su hijo Zack, todos ellos sonriendo. ¡Cómo echaba de menos aquellos momentos de verdadero amor! ... ¿O acaso esos momentos formaban parte de ese falso montaje?

Hurgando entre la montaña de papeles en busca de otro donut, se encontró con la estampa de un santo. Hacía tiempo que no la miraba (ni siquiera se acordaba de qué santo era), y empezó a darse cuenta de que, aunque lo hubiera querido, realmente nunca había creído en ella. El corazón empezaba a dolerle.

Con cierto nerviosismo, se levantó como pudo de la silla y se dispuso a examinar la habitación en busca de algo con lo que olvidarse de esa ansiedad que tanto le atormentaba. Observó los muebles, las montañas de papeles y archivadores, las fotografías, ... y reparó en una en la que Frank y un hombre de barba canosa posaban alegres con una copa en la mano y una cínica sonrisa en los labios. “¡Dios mío! ¿Quién sería éste?’ Aquello le pareció patético, pues ni se acordaba de quién era ese individuo, ni de lo que estaban celebrando.

Examinando la pared, analizó un retrato que le hicieron al ingresar en la empresa. Se podía adivinar que antaño había sido un hombre atractivo, muy lejos de lo que era ahora, un ser descuidado y gordinflón al que la vida le daba igual.

Examinando otra vez la mesa, reparó en el montón de papeles, la mayoría de ellos cartas de bancos,  invitaciones o felicitaciones que nunca se molestó en leer. Con un gesto violento arrojó todo el contenido de la mesa al suelo y rompió a llorar. Estaba harto: tenía que hacer algo. Tal vez hubiera encontrado al fin la solución para semejante sufrimiento.

Con una mano temblorosa cogió una pluma del suelo y un sobre del banco. En el reverso comenzó a garabatear unas cuantas líneas de lo que parecía ser una carta de despedida. Resultaba gracioso el hecho de que alguien de su altura fuera capaz de cometer tantas faltas de ortografía en un fragmento tan corto.

Medio tambaleándose, salió del despacho y con un portazo, se despidió de su secretaria:

‘¿Se encuentra bien, Sr. Corgan? He oído golpes en su despacho y me preguntaba si le había pasado algo.’, dijo Clara.

‘No te preocupes, guapa. Sólo ha sido una de mis crisis nerviosas. Hoy no me encuentro bien. Me marcho. Hasta nunca.’, fue su única réplica.

Al salir del edificio, se dirigió al lugar en dónde creía haber dejado el Mercedes, pero como era de esperarse, había desaparecido. Ni siquiera se preguntó si se lo habían robado o si se lo había llevado la grúa. Tan sólo gritó: ‘¿Y a mí qué?’.

‘¡Taxi!’. Un taxi se detuvo al instante. ‘Al puerto.’

‘Que día más bueno hace hoy, ¿verdad?. Estoy deseando terminar la jornada para irme a mi casa con mi mujer y mis hijos.’. Lo que le faltaba por oír. Aún tuvo que aguantar otros inoportunos comentarios del taxista, aunque no le dirigió la palabra en todo el trayecto.

‘Aquí es. Son... 1.900 pesetillas.’, dijo el taxista con voz amable.

‘Aquí tiene, y quédese con el cambio.’

Con paso decidido se dirigió hacia el puerto. El agua debía de estar fría por aquellas fechas, aunque... ¿acaso importaba?. Acercándose al embarcadero, se detuvo y se dispuso a contemplar por última vez el mundo que le rodeaba, antes de emprender su último viaje. Observó los barcos pesqueros, las redes, los pescadores, los astilleros, los grandes fragmentos de barco, los sopletes penetrando en el metal, ... ¡Qué última visión del mundo más nefasta! ¡Cómo le ardía el corazón! ¡Qué ganas tenía de partir!

Por suerte, todo aquello iba a acabar. Casi sin darse cuenta, notó cómo el mundo se paralizaba por unos instantes. Notó como se caía, se golpeaba la cabeza, y se hundía en el fondo del mar. Mientras se ahogaba, toda la vida le iba pasando por la cabeza, fotograma a fotograma: su infancia, su adolescencia, su madurez, los malos momentos, los pocos buenos momentos, su mujer, sus hijos, los malos momentos otra vez, ... ¡Qué martirio, que sufrimiento! Pero, ¿acaso podría haber hecho algo para cambiarlo? Es difícil decirlo: simplemente estaba condenado desde el momento en que vio la luz. ‘¡Nooooooooo!’, fue su último pensamiento, antes de que el último rayo de luz le atravesara la retina.

Su último viaje había terminado: estaba muerto. ¿Y ahora qué? ¿Qué sería de él?

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Tres días después, un grupo de niños observó una extraña masa informe flotando sobre el agua. Jugando, empezaron a apedrearlo hasta que consiguieron darle la vuelta. Huyeron espantados al ver el estado en que se encontraba el cadáver. Al cuarto día, un policía se molestó en inspeccionar el ‘extraño cuerpo’ hallado en el mar. Con cierta impasibilidad, llamó a una ambulancia, y a una grúa. Fue muy difícil extraer el cuerpo del mar, y de hecho resultaba grotesco el hecho de ver como levantaban al gordo por los aires y lo depositaban en un camión, trasladándolo directamente hacia el cementerio.

Nadie fue su funeral. Nadie. Mientras su mujer se despertaba en casa de un "amigo", ajena a todo lo que había ocurrido, y sus dos hijos asistían al Instituto, el cura musitaba una última oración por su alma, y mirando con impaciencia su reloj ordenó con un ademán al sepulturero que lo cubriera de tierra. Una mente mal pensada podría haber jurado que sentía placer arrojándole la arena sobre la cara...

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Al día siguiente del entierro, un jovencito enano y con gafas entraba en el antiguo despacho de Frank, con varios gruesos libros bajo su brazo, acompañado por el servicio de limpieza. Ordenó limpiar concienzudamente todos los rincones del mugriento despacho, y el mismo se apresuró a descolgar el retrato que colgaba en la pared. Con un gesto de extrañeza, lo depositó en la papelera. En su rostro se le podía adivinar una mueca de orgullo: ahora era el turno de aquel enjuto personaje. Mientras los limpiadores comenzaban su dura tarea, el enano se frotó las manos con una frenética sonrisa en los labios. Se sentó en la enorme butaca. ¡Que a gusto se sentía allí! ¡La de cosas que le esperaban!

En mitad de su euforia reparó en la carta de despedida que Frank había dejado sobre la mesa. La tomó perezosamente y con cierta guasa empezó a leerla. Al ver que no entendía nada, hizo de ella una bola, la arrojó por la ventana, se reclinó sobre la silla...

... y se durmió...

15-01-1997